Mudar la piel: cerrar ciclos para volver a habitar(se)
El movimiento necesario de alojar ideas, darle espacio a la voz interior y habilitar lo que nos va pasando
EXPANSIÓN
Andrés Finozzi
12/27/20253 min read


Fin de año trae una energía particular. Algo se afloja, algo pesa más, algo pide ser mirado.
No es solo el calendario que cambia, somos nosotros los que empezamos a hacer balances, a revisar decisiones, a preguntarnos (a veces en silencio) si estamos donde queremos estar.
En ese contexto aparece en mí una idea reincidente: mudar la piel.
Mudar la piel no como un acto inmediato ni liviano, sino como una procesión interna. Como ese movimiento necesario de alojar ideas, de darle espacio a la voz interior, de habilitar lo que nos va pasando y las decisiones que fuimos tomando.
Habitar y habitarse.
Habitar el dolor, no esquivarlo
Mudar la piel también implica convivir con el dolor. No correrlo ni taparlo.
Es agarrarlo con las manos y preguntarse genuinamente: ¿qué hago con esto?
Hablar de lo que me pasa. De lo que nos pasa.
Hay dolores que no gritan, pero empujan. Están ahí como una daga fina, constante, que a veces parece tolerable y otras veces duele un poco más con cada movimiento.
Y, sin embargo, ese núcleo es necesario.
Es la señal.
Es el lugar desde donde algo quiere cambiar.
Cerrar el año muchas veces nos enfrenta a eso. A lo que no fue, a lo que sostuvimos más de la cuenta, a lo que ya no encaja con la piel que estamos habitando hoy.


“Renovarse es vivir”
Esta frase de Fernando Cabrera resuena con fuerza cuando pensamos en los cierres de ciclo.
Renovarse no siempre es romper todo. A veces es más parecido a esa metáfora del diseño de interiores. Mover muebles, tirar alguna pared interna, abrir una ventana nueva, dejar entrar otra luz…
Mudar la piel es permitirnos ese renacer. Volver a aflorar. Animarse a una renovación que no necesariamente es visible de inmediato, pero que se siente profundamente.
La transformación profesional también exige mudar la piel. Cambiarla y, sobre todo, animarse a habitar esa nueva piel.
Una piel que, tal vez, nos acerque a un lugar donde deseamos estar.
Donde queremos estar. Donde nos proyectamos.
Pero eso no ocurre por inercia. Tiene que ver con decisiones conscientes sobre qué elijo ser, qué elijo hacer y qué estoy dispuesto a soltar para crecer.
Fin de año suele ser el momento donde estas preguntas aparecen con más fuerza:
¿Sigo en un lugar que ya no me representa?
¿Estoy creciendo o simplemente resistiendo?
¿Qué parte de mí pide expansión?
Todo cambio laboral (una transición, un crecimiento, una expansión) requiere una decisión consciente.
Pero no alcanza solo con decidir.
También hay que habitar las sensaciones. El miedo, la duda, la expectativa, la incomodidad.
Cambiar es arriesgado.
Tiene una cuota de valentía, de exposición, de incertidumbre. Y también nace de lo más genuino. Nace de lo que deseamos de verdad.
Podemos buscar crecer económicamente, profesionalmente y/o asumir nuevos desafíos. Todo eso es válido. Pero siempre los protagonistas del cambio somos nosotros.
Cerrar un ciclo no es solo hacer un balance de logros y pendientes. Es preguntarse qué piel estoy usando hoy y si todavía me queda cómoda.
El movimiento que impulsa la rueda es propio. Nadie más puede hacerlo por nosotros.
Somos dueños de esa verdad y de ese destino. Y eso implica algo fundamental, hacernos cargo.
Fin de año no es solo un cierre. Puede ser el inicio de una mudanza interna. Más honesta. Más consciente. Más alineada con lo que queremos habitar y transitar.
Quizás no se trate de cambiar todo ya.
Quizás se trate de empezar a escucharse.
De reconocer que algo pide renovarse.
Y de animarse, poco a poco, a mudar la piel.
Andrés Finozzi
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