No sabía lo que estaba escuchando

EXPANSIÓN

Andrés Finozzi

4/2/20262 min read

Hay cosas que vuelven cada tanto.

No es un recuerdo completo, ni una historia clara. Es más bien una sensación: un espacio amplio, el eco de muchas voces, el ruido de pasos que se acomodan. Y, por encima de todo, una canción sonando de principio a fin.

Durante mucho tiempo no supe bien de dónde venía eso. Era solo una imagen suelta que aparecía sin explicación.

Con los años, la escena empezó a tomar forma.
Las filas de túnicas, las maestras ordenando. El hall de mi querida escuela Artigas.

Y esa canción que sonaba todos los días antes de entrar a clase: Cantares de Serrat.

En ese momento no había preguntas. Era simplemente parte de la rutina.
Como tantas cosas en la infancia que no necesitan ser entendidas para quedarse.

Sin embargo, algo de todo eso dejó huella.

The Way de Andrew Wood

Hay formas que se instalan antes de que podamos explicarlas. Quedan ahí, latentes, esperando otro momento.

Ese momento llegó años después.

La misma canción. Otra escucha.
Y una frase que aparece distinta:

Caminante, no hay camino… se hace camino al andar.

Un quiebre. No tanto en la canción, sino en la forma de escucharla.

Porque hay algo bastante humano en querer tener claridad antes de avanzar. Necesitamos entender hacia dónde vamos, trazar un recorrido, asegurarnos de que estamos en “el camino correcto”.

Elegimos una carrera, proyectamos, ordenamos.
Y eso, en parte, es necesario. Nos da dirección.

Pero no alcanza.

Si miro hacia atrás, mi propio recorrido no tiene forma de línea. Tiene forma de fragmentos. Decisiones que en su momento no parecían relevantes, experiencias que no tenían nombre, espacios donde estaba haciendo algo que recién después pude reconocer.

En su momento pude decir “Recursos Humanos” y pude ordenar la historia y encontrar sentido. Pero en ese momento no era así. Era más intuitivo, más abierto, más incierto.

Y sin embargo, algo se iba construyendo.

Ese es, quizás, el punto más difícil de aceptar.

En el hacer. En el probar. En el equivocarse. En volver a intentar.

En esas decisiones pequeñas que, vistas en el momento, no siempre tienen sentido, pero que con el tiempo empiezan a conectarse.

El riesgo es querer verlo todo antes de empezar. Esperar una claridad absoluta para dar el paso. Buscar una certeza que, en muchos casos, solo aparece después de haber avanzado.

Por eso esa frase sigue resonando.

No como una respuesta, sino como una invitación incómoda. La de avanzar aún cuando no está todo claro.

Y quizás lo más interesante de todo esto es que, mucho antes de entenderlo, yo ya lo estaba escuchando todos los días.

El camino no aparece primero para ser recorrido.
Se construye mientras avanzamos.